Arquitectura Gótica

El siguiente es un fragmento del libro «Historia de la Arquitectura» de Artemio Quintino, en el cual con la intención de no caer en viejos relatos, el  objetivo del autor es desmantelar la tradición escrita; y entonces establecer una línea cronológica en donde lo abundante cristalice en conceptos generales; sin disminuir la comprensión de la época en estudio, el motivo, y las circunstancias de cada hecho arquitectónico.

La arquitectura gótica se desarrolló con el establecimiento definitivo del régimen feudal en el semi-Renacimiento del siglo XI. Se tiene registro de que en el año de 1095 inició la primera cruzada, momento en que la sociedad libertada de los normandos y de otros semejantes salteadores, comenzó a sosegarse, justo cuando el régimen militar de los barones independientes, se disolvió. A partir de entonces las cruzadas continuaron, hasta convertirse en uno de los principales medios de comunicación cultural de la Edad Media. Los efectos resentidos en la arquitectura religiosa fueron muy evidentes, pues triunfó el cristianismo con una perfecta subordinación de la sociedad a la voluntad de Dios. El mundo, decía un contemporáneo, sacudió sus harapos viejos para revestir sus iglesias de blancos lienzos. Así apoyado en el cristianismo, la iglesia gobernó las almas, patrocinó a las artes, y empleó a los artistas. Los resultados se pueden observar en catedrales como: Chartres, Orléans, Tours, Poitiers, Saintes, Vézela, Le Puy, Conques, Périgueux, Moissac, entre otras. Tal influencia se vio mermada a finales del siglo XIV a causa del advenimiento de las monarquías modernas.

 

El origen del gótico está en Francia, cuando unos ingeniosos canteros inventaron el sistema constructivo; por tanto, se dice que quien ejecutó la catedral de San Dionisio inventó el estilo gótico. Azaña ocurrida en el año 1136, la cual consistió en reducir la construcción a un sistema de activas líneas de múltiples nervios (Pevsner,1957:63). Y así, muy pronto el gótico se extendió a países como: Inglaterra, Italia, Alemania y España, hasta que finalmente cubrió toda Europa; pero siempre, como una moda francesa (Pevsner,1957:121). El estilo gótico dejo su huella, no solamente en catedrales o capillas, sino también en fortalezas, palacios, casas burguesas, mobiliarios y vestuarios.

Como se mencionó arriba, en el año 1097 iniciaron dos siglos de guerras recurrentes entre los cristianos de Occidente, contra los infieles musulmanes de Oriente. La fe, la religión católica, el temperamento belicoso de los señores feudales, y un ferviente afán por conquistar las tierras de Oriente, llevaron a los cristianos a organizar cuatro sangrientas cruzadas.

Las cruzadas exigían a sus soldados tres votos monásticos de pobreza, obediencia y castidad, además de un voto especial, en el cual se comprometían a consagrarse por las armas en defensa de la fe. Sus integrantes eran simultáneamente monjes y soldados, cuyo doble carácter se reflejaba en su vestimenta, pues acostumbraban a recubrir su armadura con mallas caballerescas, y a portar una túnica monástica, la cual la rotulaban con una gran cruz.

Pese a los grandes esfuerzos de Occidente, las cruzadas contra los infieles musulmanes no consiguieron lograr debilitar la fuerza del Islam. Sin embargo, la cultura Oriental ejerció una gran influencia en la vida social, artística, económica y espiritual de Europa; por ejemplo, adoptando nuevos cultivos como el azafrán, el arroz, la caña de azúcar, nuevos instrumentos para la industria como el molino de viento, así como nuevos procedimientos para la fabricación del vidrio y los tapices.

Gracias a las cruzadas, se vinculó cada vez más Occidente con Oriente, a tal punto que se impulsó la navegación mediterránea y el tráfico entre puertos de las regiones orientales. Ahora bien, el progreso del comercio y de la industria benefició sobre todo a las ciudades, cuyos habitantes, los burgueses, aumentaron su bienestar y su riqueza. Así surgió en Occidente una nueva clase social, la burguesía, integrada por comerciantes y artesanos, cuya riqueza no consistía en tierras, sino en dinero, y cuya actitud y costumbres diferían completamente de las de la clase rural de los paisanos, así como de la clase guerrera de los nobles. Cabe destacar que originalmente burgués significó habitante del burgo, o ciudad (Secco,1965:370).

En dichas ciudades, el trabajo urbano estaba organizado por la asociación obligatoria de todos los que desempeñaban una profesión, arte, u oficio.

Los únicos aptos para ejercer un oficio eran los maestros, en donde cada maestro tenía su taller, normalmente instalado en la planta baja de su vivienda. Los ayudantes que se iniciaban en el oficio le ayudaban al maestro en las tareas más pesadas, o las más simples. Los aprendices no recibían sueldo, sino que, por el contrario, le pagaban una determinada cantidad al maestro. Además se comprometían a trabajar con su maestro durante un período consecutivo de cinco, seis, o hasta siete años. Terminado el período de iniciación, el aprendiz, experto ya en las tareas del taller, era reconocido por el maestro como oficial, y este cambio de situación lo habilitaba para trabajar como un jornalero a sueldo.

Las ambiciones del oficial eran las de alcanzar la dignidad de un maestro. Su finalidad era trabajar por su cuenta, para luego con el tiempo conseguir un taller propio. No obstante, los maestros, aparte de pagar una determinada cantidad periódica a la corporación, también tenían que acreditar su capacidad para el oficio. Generalmente la prueba rigurosa consistía en la ejecución de una obra, que ellos llamaban «la obra del maestro».

Se dice, que el estilo gótico surgió de un románico tardío; un gótico que se dio cuenta, de que podía aligerar las bóvedas con nervaduras cruzadas, de que podía tomar como herencia el arco apuntalado; y entonces, alrededor del año 1150, aproximadamente, el gótico empezó a construir catedrales, con la convicción de que los arcos y las bóvedas debían tener una coordinación perfectamente racional.

En otros términos, el estilo gótico rompió con el estilo Románico, con esa vieja idea de que el muro lo era todo. Recordemos que en el Románico, el muro era expresión de fuerza y masa. El gótico buscó el triunfo en otra lógica, el edificio lo concibió como un ente organizado en el que cada parte se integraba como un miembro cuya forma estaba determinada, no sobre la base de modelos tradicionales, sino a partir de su función, únicamente a partir de su función. En tal sentido, la arquitectura gótica no sólo es la mejor, sino la única racional, porque se adapta con mayor facilidad a todas las funciones; y las arropa con dignidad (Kruft,1990:578). Sin embargo, la forma no era indiferente al contenido; por ejemplo, los místicos resplandores de pedrería se convertían en iluminaciones extrañas que parecían aberturas del paraíso (Taine,1944:64). Al detenerse a los pies de una nave en una iglesia gótica, resulta casi imposible apreciar el mínimo de recursos con que se ha obtenido un efecto de tanta exuberancia. Especialmente la bóveda de abanico, sea cual sea el punto de vista. Se trata de una bóveda singularmente racional, pues sus capiteles arrancan nervios que se juntan en un gran florón colocado en el centro; en donde las bóvedas resultan sexpartitas de tramos cuadrados. Aunque también existen las bóvedas de dos nervaduras diagonales (Pevsner,1957:72). Ahora bien, las formas esenciales del estilo ojival no exceden del círculo y la línea recta; por ejemplo, en la capilla real King’s Chapel, si bien, gracias a la unión de distintas secciones del círculo, nacen bóvedas ojivales parabólicas de muy variada curvatura; y la forma espiral de las escaleras es la de hélice sencilla, que sube siempre sobre el mismo ángulo, viniendo a desenvolver en cierto modo, un círculo (Krause,1832:157). En el gótico, todo es simetría, los elementos se levantan hacia el cielo, rectos y sólidamente construidos. Los constructores escogieron por tipo, no la redondez sencilla del arco o del simple cuadro formado por la columna y el arquitrabe, sino la unión complicada de dos curvas, quebradas la una por la otra, que es la ojiva. Las construcciones aspiran a lo gigantesco, cubren un cuarto de legua con sus amontonamientos de piedras, acumulan las columnas en pilares monstruosas, llevan las galerías por los aires, levantan las bóvedas hasta el cielo, construyen campanarios sobre campanarios, como si quisieran llegar a las nubes. Exageran la delicadeza de las formas, enrollan alrededor de los pórticos espirales de figulinas, revisten las paredes de piñones y de gárgolas, entrelazan las sinuosidades de los cruceros de las ventanas en la púrpura abigarrada de los rosetones, taladran el coro como un encaje, extienden sobre las tumbas, sobre los altares, sobre las cabezas y sobre las torres una trabazón de columnatas diminutas, trenzadas, complicadas como ramas, y al final, unas estatuas. Se diría que quieren llegar al mismo tiempo a lo infinito en la grandeza y a lo infinito en la pequeñez, abrumar el espíritu por los dos lados a la vez, por la enormidad de la masa y por la prodigiosa abundancia de los detalles. Es evidente que se proponían una sensación extraordinaria, la de la administración y la del deslumbramiento (Taine,1969:78). Para la sociedad del gótico todo tenía un sentido simbólico. Por ejemplo, la catedral, además de ser monumento arquitectónico, era una enciclopedia labrada en piedra; en donde, la costumbre era representar las vidas de Cristo, la Virgen, los Santos, San Pedro con las llaves, San Nicolás con sus tres bolas doradas, Santa Bárbara con su torre, y Santa Margarita con su dragón (Pevsner,1957:83). Sin embargo, los adornos eran algo tercamente vigorosos, pues se aborrecía el ornamento sin significado, esto porque el todo partía de una idea pura que tenía un carácter imperiosamente formal por lograr dignidad y sublimación, en donde los diferentes detalles del edificio se multiplicaban en función del aumento de la escala del edificio. En fin, la arquitectura gótica transformó la piedra en encaje, en sutiles agujas, festones, tréboles, parteluces retorcidos y entrelazados, de suerte que el edificio entero, recortado, aéreo, dorado y florido semejaba una excelente artesanía, y más parecía obra de la imaginación que de la fe, más propia; porque, en suma, pretendía deslumbrar a los sentidos. A su acento acudía el pecador con la esperanza de recobrar la calma o la dicha.

 

Es imposible no notar que la arquitectura gótica, tuvo una aspiración hacia lo alto.  Esto porque siempre mantuvo un permanente impulso vertical, caracterizado por tener un dinamismo titánico, que alcanzaba la altura para remontarse al infinito. En el exterior como en el interior, la mirada es arrastrada irresistiblemente hacia arriba, en donde cualquier espíritu altanero se puede sentir humillado y dominado por la superioridad de lo sublime; incluso, en un espíritu realmente sabio o religioso, el gótico puede unir el sentimiento puro del placer con el sentimiento de humildad, en íntima y santa emoción. Por eso, se dice que el gótico está lleno de sensaciones cósmicas. En algunos casos, todo parece advertir que el arquitecto gótico ignoró la ley de la gravedad, esto porque se sostuvo en una verdadera obsesión por una verticalidad; y porque toda su arquitectura se desenvolvía en el sentido de la altura.

Estas son las palabras de un testigo que vivió en el gótico, mismo que respondía al nombre de Abad Haimon, él les preguntaba a sus contemporáneos: “¿Quién ha oído que en épocas pasadas, príncipes poderosos de este mundo, hombres colmados de honor y de riqueza, nobles, hombres y mujeres, hubiesen hecho a un lado su orgullo, y doblado la cerviz para colocarse los arneses de carretones, y que, como bestias de carga, hubiesen llevado estos vehículos a la morada de Cristo, cargados de vino, cereales, aceite, piedra, madera, y todo lo necesario para la subsistencia o para la construcción de una iglesia?” (Feming,1994:127). Por tanto, las más altas manifestaciones artísticas del gótico fueron obra de la clase burguesa, bajo un ideal que a la letra dice: el hombre está puesto frente a Dios, sólo necesita poner una cosa para redimirse, estar preparado a la entrega incondicional, y confirmar la dignidad meritoria del hombre puro y libre en la virtud (Krause,1832:96).

Cabe hacer mención, que los que construyeron en el gótico, ya no construían las catedrales en condición de esclavos, como ocurrió en algunas épocas pasadas, sino con la convicción de poder crear todos juntos un monumento característico de su fe, su ciudad y de sí mismos (Könemann,1996:30). Y además, en el gótico los fieles en ningún caso, y bajo ninguna circunstancia fabricaban para la venta, artículos que incluyeran trabajos superfluos, o que fueran tendenciosos a satisfacer el orgullo y la vanidad del hombre, ni tampoco aquellos artículos que no fueran admisibles entre los fieles, a consecuencia de su carácter superfluo (Kruft,1990:609).

Por otra parte, se dice que se despedazaban montañas antes de acabar el monumento; incluso, un anónimo historiador minucioso ha calculado que en Francia fueron extraídos más metros cúbicos de piedra durante los siglos XII y XIII, que en toda la milenaria historia de Egipto. A parte de que extraer la roca fue un trabajo ingrato, peligroso y de considerable dificultad. Por eso, no cabe duda de que la construcción de catedrales en el gótico, es un asombroso ejemplo de devoción religiosa. 

Como ya se mencionó, la arquitectura gótica tenía una aspiración hacia lo alto, un impulso dinámico y titánico que pretendía alcanzar la altura para remontarse al infinito (Chueca,1989:125). Un ejemplo, es la catedral de Chartres. (Figura 15)

En la Catedral de Chartres la planta arquitectónica es bastante compleja, pero ajustada en cada detalle. Sus elementos de construcción y decoración son lo mejor que ha dado el arte gótico en el apogeo de su desarrollo; y sus esculturas exteriores alcanzan los máximos logros del arte francés. Sus vidrieras son únicas, incluso, actualmente más de 176 ventanas poseen todavía los cristales originales. La catedral de Chartres, es uno de los pocos monumentos que disputan a las grandes pirámides egipcias la primacía de estudios interpretativos. Chartres es una catedral que atrapa un mundo, un universo, lo consigue con sus ángeles, reyes y tradiciones.

En el exterior de Chartres, al igual que en el interior, la mirada es sometida irresistiblemente hacia arriba, hacia el espacio infinito, hacia Dios (Chueca,1989:130). Y es que para el constructor gótico, la clave de las bóvedas era Jesucristo, y las columnas los apóstoles y profetas. Por eso, se dice que la construcción de iglesias pasó a ser la tarea arquitectónica más importante del período gótico.

Ya en el año 1835, Robert Willis distinguía la fuerza orgánica del uso ornamental; en su obra «Remarks on the Architecture of the Middle Ages, especially of Italy» Willis escribió: el sentido de la decoración gótica se halla en la representación de la construcción. Esta articulación aparente, es con frecuencia totalmente diferente de la real; por ello, la diferenciación entre la construcción real y la representada, es un planteamiento más fecundo que aquél que reduce al gótico a un simple funcionalismo (Kruft,1990:569).

El sentido de la decoración del gótico se halla en la representación de la construcción, en donde podemos hablar de la presentación de una poética estructural más que de la representación de una fachada (Baudrillard,1988:54). En el gótico se presenta una extrema coherencia entre construcción y forma (Capitel,2012:37). Todavía no se conocía la exigencia cartesiana que cree en la obligación de llevar el pensamiento a la forma a través de presupuestos conceptuales: axiomas (Adorno,2010:313).

Tal idea quedó clara cuando Augustus Welby Northmore Pugin publicó en el año 1836 un libro que llamó «Contrastes». Ahí distinguió la diferencia ornamental entre el estilo gótico y el griego. Estas son sus palabras: “En la arquitectura gótica los diferentes detalles del edificio se multiplican en función del aumento de la escala del edificio. En la arquitectura clásica éstos simplemente se magnifican” (Kruft,1990: 572).

Por otra parte, y para confirmar, en la opinión de Ruskin, la arquitectura gótica no sólo es la mejor, sino la única racional, porque se adapta con mayor facilidad a todas las funciones, sean éstas vulgares o nobles (Kruft,1990:578). Y es que, el mérito principal que se atribuye al gótico es el de haber resucitado el principio medieval de una fiel articulación, consistente en una exacta correspondencia entre el motivo del proyecto superficial, y el motivo de la construcción sustentante. Por eso, con una buena dosis de razón, los partidarios del gótico sostienen que los estilos renacentistas están vinculados de un modo casi irresistible a la imitación, mientras que el estilo gótico, a su parecer, no tiene nada que esconder. Esto constituye un gran paso adelante en la dirección justa, porque la falsa arquitectura no puede ser verdadera. Más específicamente, el Renacimiento tenía el sentimiento natural y apasionado de lo bello. Y sin embargo, se caracterizó por la alfarería erizada, la sublimidad dolorosa, y por el día sobrio, o trasfigurado de las catedrales de otros países (Taine,1944:92). Por el contrario, los artistas del gótico no buscaban más a Dios, al inventar imágenes de Él o al tratar de concebir a este Dios tan romano, hacían patente su piedad llevando a su morada todo el miedo y toda la pobreza, toda la ansiedad y toda la imploración de los menesterosos. Esto era mejor que pintar; porque, para ellos, la pintura era un engaño, una hermosa tapicería. Los hombres góticos, buscaban lo simple y lo verdadero. De esta manera nació la extraña escultura de las catedrales, esa encrucijada de miserables y de animales (Elsen,1967:150). De hecho, en el gótico, el hombre se trasformó, por así decirlo, en iglesia; y existían miles de ellas, ninguna similar a la otra, y cada una rebosando vida (Elsen,1967:154). Esta arquitectura duró cuatro siglos, no se cerró en un solo país, ni quedó limitada a un solo género de edificios, cubrió todo Europa, Escocia y Sicilia; construyó todos los monumentos civiles y religiosos, privados y públicos, marcó con su sello, no sólo las catedrales y las capillas, sino las fortalezas y palacios, las chozas y las casas burguesas, los muebles y las armaduras (Taine,1944:66).

En términos generales, tres grandes personalidades de la historia de la arquitectura, Pugin, Ruskin y Morris coincidieron en que sólo existe un estilo de arquitectura, en el cual es posible encontrar un arte realmente vivo, y ese estilo es el gótico (Kruft,1990:584). Y efectivamente, la lógica y gramática del estilo gótico es apta para cualquier tarea, y en cualquier material. Además, tiene la ventaja de ser relativamente más económico que otros estilos. El estilo gótico es a la vez cristiano, nacional, y universalmente aplicable a todas las tareas de la construcción funcional. El gótico es el estilo apto por naturaleza para el futuro; porque el gótico tiene leyes orgánicas de formación (Kruft,1990:552). Un ejemplo de retorno al estilo gótico lo hizo el escultor Rodin, quien fue un gran admirador de la escultura gótica, y con frecuencia se ha afirmado, debido a su manera penetrante de ver y reproducir la naturaleza, que se trató de un antiguo artista gótico vuelto a nacer (Elsen,1967:107).

Los constructores góticos supieron crear espacios interiores que, actuando sobre el alma de quienes penetraban en ellos, los movían a postrarse de rodillas (Kainz,1952:341). En efecto, el gótico se distingue por causar sensaciones extraordinarias provenientes de un asombro deslumbrante. El arco ojival, y el conjunto de las líneas verticales ascendentes, movidas por un ansia satisfecha, parecen taladrar en lo trascendente. La estructura expresa una respetable rigidez a través de los nervios de las bóvedas, mismas que parecen vegetación en crecimiento. Lo mismo pasa en las torres que, decididas y sin titubear, se van estrechando rectas hacia lo alto. Efecto que muchos han experimentado, por ejemplo, en el año de 1772, ante la catedral gótica de Estrasburgo, Goethe encontró palabras llenas de fervorosa admiración para el espíritu de la arquitectura gótica. Decía: «Surge como un Árbol de Dios, sublime y ampliamente volteado, que con millares de ramas, millones de ramitas y hojas como las arenas del mar, pregona a todo lo que está a su alrededor la gloria del señor, su maestro… Todo es forma, hasta la más fina obra, todo contribuye al efecto total ¡Con qué ligereza este gigantesco edificio se eleva en el aire desde sus sólidos cimientos!… Detente, hermano, y descubre el más profundo sentido de la verdad… que cobra vida de la fuerte y ruda alma germánica… Para la áspera grandeza, querido joven, no te dejes afeminar por la blanda doctrina de la afectada belleza moderna» (Pevsner,1957:285).

Un edificio gótico nunca está completo, un motivo sigue al otro como una rama sigue a otra en el tronco de un árbol; pues la sensación de crecimiento predomina por todas partes. Un edificio gótico, goza de vida propia, sobre de cuyo destino influye la piedad de sucesivas generaciones. Y así como ni su principio ni su fin están fijados en el tiempo, tampoco lo están en el espacio (Pevsner,1957:139). Lo sublime llega a nosotros a través de una sensación de alegría, un sentimiento atractivo que enciende a otro sentimiento de inferioridad, pues pone de manifiesto un poder superior a nosotros. El gótico logra su fin sublime del modo más directo. Se caracteriza por tener un carácter misterioso de varias dimensiones, se basa en una ilusión; después logra su efecto apelando a nuestras emociones, mismas que realizan múltiples asociaciones que provocan en nosotros sentimientos extraños, en donde la gracia parece no necesitar más que de sí misma, y no se ofrece, sino que quiere que la busquemos, puesto que es demasiado sublime para rebajarse a un objeto sensible; encierra en sí los movimientos del alma, y se acerca a la bienaventurada serenidad de la naturaleza divina.

La propuesta del estilo gótico es transmitir serenidad, sencillez, fuerza y elegancia; pero sobretodo, el gótico se especializa en comunicar lo infinito y lo fantástico (Taine,1944:34). ¡Asombra! -decía Palladio- ¡Parece que juzgas obras no de hombres, sino de gigantes! (Palladio,1988:369). En el gótico es posible captar un fragmento de eternidad; esa parte eternamente humana que se escasea en las condiciones de la existencia contemporáneas: la fe, el misterio, y una aspiración socialmente común (Weidlé:1953:194).

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